Este es uno de los grandes mitos que aún persisten dentro de muchas iglesias: pensar que, cuando un miembro se va a otra congregación, es porque la otra iglesia lo “robó” o lo “atrajo”.
La realidad suele ser más profunda.
Generalmente, cuando una persona decide cambiar de lugar, es porque atraviesa un malestar interior. Resulta difícil que alguien que se siente bien espiritualmente, contenido y valorado dentro de una comunidad, decida marcharse sin motivo alguno.
Es decir, una persona puede sentirse atraída por otro espacio, pero en verdad no es la atracción lo que la mueve, sino la búsqueda de resolver aquello que internamente le genera incomodidad, dolor o vacío.
Por eso, culpar a otra iglesia diciendo “me robó un miembro” resulta una explicación superficial.
Muchas veces, cuando alguien se va, algunos líderes viven esa salida como una traición personal.
La herida emocional o el enojo les impide analizar objetivamente el verdadero trasfondo: el sufrimiento interior de esa persona.
La primera conclusión, aunque resulte dolorosa, debería ser esta: cuando alguien se aleja de una congregación, generalmente existe una causa interna que actuó como disparador e impulsó la búsqueda de otro lugar.
Claro está, es más fácil decir: “me robaron la oveja”.
Esa idea calma la angustia y coloca la culpa afuera: “el culpable es otro, no nosotros”.
“El otro pastor”, “la otra iglesia”, la que “sedujo” o “engañó”.
Mientras se piense de esa manera, será difícil crecer en madurez y excelencia ministerial.
También existe el maltrato espiritual.
Se manifiesta en líderes que castigan desde el púlpito, cuyos mensajes destilan ira, resentimiento o humillación.
Ocurre cuando usan problemas personales de miembros como ejemplos encubiertos en sus predicaciones, exponiendo indirectamente a las personas delante de todos.
El maltrato también aparece mediante amenazas espirituales: “Si te vas de acá, te irá mal”, o “al que se vaya lo denunciaré públicamente”.
Asimismo, se expresa por medio de la culpa, la manipulación, la descalificación, los gritos o la humillación pública o privada.
Sin embargo, también es necesario comprender algo importante: si por la gracia de Dios has conocido la verdad del Evangelio conforme a la Biblia, y el Espíritu Santo guía tus pasos hacia otro lugar, no debes vivirlo con culpa.
Si eres como un árbol que logró crecer firme y saludable aun en medio de tierra infértil, fue por la gracia de Dios.
Y si ahora Dios te conduce a otro sitio para seguir creciendo, servir mejor y dar más fruto entre tus hermanos en la fe, no necesitas justificarte por dejar el lugar donde comenzaste.
A veces, crecer también implica avanzar.
Hay momentos en la vida que lo cambian todo. Decisiones, encuentros, experiencias… pero hay uno en particular que marcó un antes y un después en mi historia. Hoy quiero compartir con vos no solo un testimonio, sino una realidad: Dios transforma vidas. Antes de Cristo: una vida sin dirección Quiero empezar siendo completamente honesto. Antes de conocer a Cristo, mi vida era un caos. Era una persona difícil: soberbio, egoísta, orgulloso y muchas veces hiriente con mis palabras. La convivencia conmigo no era fácil, y mi interior estaba lejos de la paz. Pero aunque yo no lo sabía, Dios ya estaba obrando. El día que todo comenzó El 17 de mayo de 2012 llegué por primera vez a una iglesia. No fue por convicción profunda, sino por curiosidad. Dos personas me hablaron del amor de Cristo y acepté la invitación sin imaginar lo que vendría. Ese día no cambió todo de inmediato… pero Dios empezó a trabajar en mi corazón. Sentí algo distinto: paz, amor, aceptación. Un ambiente que nunca an...

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