En tiempos donde muchas personas viven solo para sí mismas, todavía existen historias reales de sacrificio, unidad y amor por la obra de Dios que merecen ser contadas. Historias que nacen lejos de los reflectores, pero que tienen un enorme valor espiritual y humano.
Así ocurre con un grupo de mujeres de fe que, semana tras semana, trabajan con esfuerzo y dedicación para colaborar con la obra del Señor en Somellera 1540, Argentina.
María Gutiérrez, Hermana Fortunata y Hermana Marcela, todas de nacionalidad peruana, dejaron su tierra natal para comenzar una nueva vida en Argentina, pero nunca dejaron de lado su amor y compromiso con Dios.
Junto a ellas trabajan también Adriana Garnica y María Zapag, mujeres argentinas comprometidas con el crecimiento y sostenimiento de la obra del Señor.
A este grupo de esfuerzo y unidad se suma además Hermana Mibi, quien llegó hace apenas un mes desde Colombia para radicarse en Argentina y ya comenzó a integrarse con humildad y disposición al trabajo de la iglesia.
Todas ellas representan el verdadero espíritu del servicio cristiano: mujeres valientes, esforzadas y llenas de fe, que trabajan silenciosamente para apoyar la obra de Dios.
Cada lunes preparan los tradicionales marcianitos, y cada viernes elaboran chicha morada, tutucas, emoliente y quinoa, productos que luego son vendidos durante las actividades de la escuela dominical.
Todo el esfuerzo realizado tiene un propósito claro: colaborar con la cuota y el sostenimiento de la propiedad ubicada en Somellera 1540.
Pero detrás de cada preparación existe mucho más que una simple actividad solidaria.
Hay horas de trabajo.
Hay cansancio físico.
Hay responsabilidades familiares y laborales.
Hay sacrificios silenciosos que pocas personas conocen.
Sin embargo, pese a todo eso, ellas continúan sirviendo con amor y fidelidad.
Uno de los ejemplos más conmovedores es el de la hermana María Gutiérrez, quien, aun teniendo extensas jornadas laborales y múltiples responsabilidades diarias, siempre encuentra tiempo para colaborar en la obra del Señor.
Su compromiso refleja una verdad que inspira profundamente: cuando hay amor por Dios, siempre existe disposición para servir.
La hermana Fortunata también demuestra diariamente su entrega poniendo “la mano en el arado”, trabajando con humildad y perseverancia, entendiendo que en la viña del Señor ningún esfuerzo pasa desapercibido.
Cada una de estas mujeres, desde distintas naciones y realidades, encontró en Argentina no solo un lugar donde vivir, sino también una misión espiritual compartida: trabajar unidas por la obra de Dios.
Perú, Argentina y Colombia hoy se unen en una misma fe, en un mismo esfuerzo y en un mismo propósito.
Porque cuando el amor por Dios es verdadero, no existen fronteras, diferencias ni distancias que puedan separar a quienes desean servirle de corazón.
Tal vez muchos solo vean una venta de chicha morada o de marcianitos, pero detrás de cada vaso servido hay sacrificio, oración, unidad y fe.
Y aunque gran parte de ese trabajo ocurre en silencio, existe una certeza que fortalece sus corazones cada día:
Dios no es deudor de nadie.
Cada esfuerzo, cada lágrima, cada madrugada de trabajo y cada acto de amor realizado para Su obra tendrá recompensa.
Porque el Señor jamás olvida a quienes le sirven con humildad, fidelidad y entrega verdadera.

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