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Donde esta Tu Hermano

Los dos jóvenes llegaron tímidamente, cada uno a su altar donde habrían de ofrecer su sacrificio a Dios.
Ambos se sabían pecadores y venían a hacer expiación mediante una ofrenda que sacrificarían en el altar.
Aunque no conocieron los orígenes del pecado en el hombre, habían sido bien instruidos al respecto y cada uno sabía lo que Dios demandaba en estos casos.
En el momento de presentar la ofrenda, oh sorpresa para uno de los dos. Había sido rechazado. La razón: Presentó un sacrificio en el que no había derramamiento de sangre, por lo que su ofrenda era inútil.
Él lo sabía pero quería probar si había otro camino para acercarse a Dios.
La historia nos dice que su corazón se llenó de odio contra su hermano y alimentando ese sentimiento depravado tomo la decisión más cruel que hombre alguno pueda tomar: Mataría a su hermano y ahora Dios tendría que aceptarle su ofrenda.
Sin embargo matarlo podía ser la cosa más sencilla y elemental que Caín en su odio pudiera realizar; el problema era como resolver delante de Dios su injusta acción.
En medio de su impotencia miro al cielo y desde allí Dios le advirtió: “¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta;” Gen. 4:6-7
La oportunidad estaba abierta; él tenía que reconocer su error y tomar la ofrenda por el pecado, que como le estaba diciendo Dios, “estaba a la puerta”
Mas cuando el odio no da paso a la misericordia y a la aceptación del otro, necesariamente tienen que ocurrir cosas que no son para nada agradables.
Ahora el homicidio estaba en su corazón y no paró hasta verlo concretado en la vida inocente de su hermano Abel.
No tenemos que extendernos sobre esto pues la historia ya nos ha contado la manera vil y cobarde como este hombre resentido descargo su impotencia sobre la vida de aquel adorador.
Entonces Dios le llamó y le hizo aquella pregunta que hoy sigue retumbando en los oídos de todos aquellos que hemos leído esta parte de la Biblia: ¿Dónde está… tu hermano?
Sin importar la respuesta de Caín a la pregunta de Dios, hay algo en lo que yo me quiero detener y es en las connotaciones que esa pregunta tiene para nosotros. Caín dijo “no sé” pero la realidad era otra. El sí sabía en donde estaba el cuerpo y lo que había hecho con él.
Sin pensar que podamos llegar a los extremos de Caín, una cosa si es cierta en estos tiempos en los que estamos viviendo a velocidades impresionantes por el acoso de la modernidad y la tecnología que nos impulsan en una carrera vertiginosa en la que parece no haber retorno, el sentir de fraternidad se está quedando relegado a un segundo plano, cuando no lo tenemos en el cuarto de las cosas obsoletas y se nos está olvidando que no estamos solos en la tierra, sino que somos parte de un conglomerado humano al que se le llama sociedad, pero nosotros solamente vemos nuestro bienestar olvidándonos de que en el mundo existen millones de personas que de alguna manera al ser criaturas de Dios son también nuestros hermanos, pero que los tenemos olvidados por estar nosotros ocupados en nuestros propios intereses.
Mucho no nos interesa lo que ocurre al otro lado de la tierra, porque no son cosas que nos tocan directamente y si nuestra conciencia se quiere despertar a escuchar el llamado del Señor que le hiciera a Caín, rápidamente producimos algún ruido en nuestra alma para no seguir escuchando esa voz.
Sin embargo hay una verdad ineludible y es que no podemos voluntariamente excluirnos de la realidad que vive el mundo y entender que todos aquellos que conocemos al Señor tenemos la responsabilidad de orar y gemir por las vidas que diariamente se pierden en el mundo sin importar si su muerte no nos toca directamente.
Caín le dijo al Señor: ”No se, yo no soy el guardián de mi hermano” y Dios le respondió extendiéndole aun su misericordia, pero recordándole su justicia: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.”
Pero lo deprimente es ver que cada día en donde quiera que nos encontremos, en la escuela, en el trabajo y aun en la iglesia no somos más que un número que alimenta las estadísticas y nuestro nombre dejó de existir y fue reemplazado por cifras binarias de un sistema de computación.
Volvamos a pensar en cómo nos llamamos y no olvidemos que el vecino se llama Antonio, que su esposa se llama Juana y que sus hijos son Arnaldo y Rosa y no meramente números en una base de datos.
Que cuando escuchemos la voz de Dios preguntándonos, donde está tu hermano, le podamos responder positivamente desde nuestro agradecido corazón y que no tenga que invocar la sangre de ese hermano olvidado para recordarnos nuestro olvido e ingratitud.
Ptor. Ismael E. Parrado
Enero 8/2014
Bendiciones-.

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